martes, 6 de octubre de 2009

Ejemplos de reportajes de investigación

I

Este reportaje lo recomendó un asistente al Tercer Curso de Actualización en Periodismo, organizado por la Asociación de Periodistas de La Paz (APLP) en 2007. "Es un reportaje completo", dijo en esa ocasión y nosotros coincidimos, por eso lo incluimos.

Erick Ortega, su autor, comienza con una historia particular, como se permite hacerlo en un lead de reportaje, luego divide el tema en subtemas y en los últimos dos párrafos vuelve al inicio, eso lo comprobamos cuando habla de Froilán, además de que se apoya en datos, que es una buena manera de terminar un reportaje porque deja al lector con un “sabor que permanece unos segundos”, como dice Álex Grijelmo.

En las vetas del cerro Posokoni

Texto: Erick Ortega

Hernán Choque Huanca y Jaime Choque Ramírez hablan delante de una puerta clausurada por donde entraban los ladrones del estaño del Posokoni. Ellos trabajan hasta a 200 metros de profundidad y combaten las horas de silencio mascando coca.

A las dos y media de la madrugada del sábado 19 de mayo, el agua de las calles de Huanuni (Oruro) empieza a congelarse. A más de cuatro mil metros de altura sobre el nivel del mar, en el cerro Posokoni, sólo un poco de alcohol y unas hojas de coca en la boca de Froilán Choque sirven para engañar el frío y el hambre.

No hay sonidos, sólo se escuchan los pasos de Froilán y sus nueve compañeros. Un ruido extraño llega a sus oídos. Él da la voz de alarma en un murmullo. Los vigilantes se apoyan en las rocas y apagan las luminarias de sus cascos. A lo lejos se oyen voces y pasos extraños. Pronto una columna de hombres sale de la noche. Parecen expulsados de las entrañas de la montaña. Caminan “como en un desfile de teas”.

Froilán y sus colegas se acomodan cerca de la retaguardia del grupo. Los otros salen y a paso lento se alejan del Posokoni... “Entonces les saltamos y logramos agarrar a los dos últimos de la fila. Les quitamos sus cargas, pero huyeron. Llamaron a sus amigos y nos hicieron correr. En eso, me caí y no sé qué me habré roto”.

Tuvo suerte. No así uno de sus acompañantes, quien cayó en las manos de los jucus (ladrones de mineral). Fue golpeado. Más tarde, lo buscaron por los alrededores hasta que apareció con los rayos del sol. Antes de soltarlo, sus secuestradores le amenazaron con quitarle la vida.

Han pasado ocho horas desde el encuentro con los ladrones. Froilán oculta detrás de unos anteojos oscuros los estragos de la contienda y lleva a sus superiores el informe burocrático del encuentro. Ese mismo día, al caer la noche, tiene que retornar al sitio de vigilancia.Cada día, según los cálculos extraoficiales de la empresa minera Huanuni, dependiente de la Corporación Minera de Bolivia (Comibol), al menos un centenar de jucus —también llamados “lobos”— desangran el Posokoni. Se introducen por los resquicios menos pensados, lanzan sus cuerdas y rescatan el estaño guardado por los trabajadores del subsuelo. “Cada uno de éstos es como el Hombre Araña”, grafica un celador metalúrgico que prefiere guardar el anonimato porque está sentenciado a muerte.

Los puñetes librados con estos personajes se han convertido en una anécdota más. Son tan comunes como el aire asfixiante en algunas galerías interiores del cerro o los golpes de aire en otros pasadizos. “Estamos en tierra del Tío Hilaco —un diablo de unos dos metros de altura sentado y sonriente, con las botas rojas tapadas con la hoja sagrada, con las manos sujetando ocho cigarrillos encendidos y con la ceniza desplomándose—. Acá todo puede suceder sin que sepa el de arriba (Dios)”, sentencia Jorge Choque, del Departamento de Seguridad.

Pérdidas millonarias

Los jucus no sólo atentan contra la integridad física de los vigilantes, también son un dolor de cabeza para los encargados de la compañía extractiva huanuneña.

A la misma hora en que Froilán Choque y sus nueve compañeros escapaban de unos 60 “lobos”, al menos otros 40 entraron por otro sector de la mina y embolsaron todo lo que pudieron. Según las cifras rojas de los administradores, cada ladrón hurtó unos 30 kilos de mineral. Se calcula que esto le costó a la firma más de 343 dólares, cifra que, multiplicada por los cien asaltantes de esa jornada, brinda un déficit estimado de 34.375 dólares en menos de 24 horas.

En Huanuni —50 kilómetros al sudeste de Oruro y más cerca de Potosí que de la capital folklórica—, para nadie es un secreto que el juqueo se hace cada día y noche, aunque la actividad ilegal se incrementa los fines de semana. Uno de los administradores que operan en el Posokoni —calculadora en mano— comenta que en total se pierden unos 900 mil dólares por mes. Él guarda su nombre en reserva porque ninguno de los subordinados se atreve a hablar “oficialmente” de las pérdidas económicas.

En la Comibol tampoco saben qué van a hacer para frenar el robo. “Claro que estamos preocupados y por eso hemos pedido ayuda al Ejército y a la Policía”, se queja el presidente de la empresa, Hugo Miranda. Para él, esta actividad no es un hurto sólo a una mina, sino que es algo que afecta a todos los bolivianos a partir de la nueva política de nacionalización del sector.

Según la firma minera, cada mes el Posokoni genera unos 12 millones de dólares, es decir que el robo estimado de los jucus —los 900 mil dólares que afirmaron los administrativos que hicieron las cuentas con la revista— representa una pérdida aproximada del 7,5 por ciento.Marcos Bravo Ríos, jefe del Departamento de Seguridad Industrial, incluso ha pensado en cercar el terreno por el problema, pero esto resulta ser una “misión imposible”. “Necesitaríamos cubrir más de cien hectáreas en una longitud lineal de 15 mil metros y, además, tendríamos que poner a un hombre que cuidara por cada dos metros. Acá esta lógica no funciona”.

Pese a todo, la Gerencia no se cruzó de brazos. “Hemos tomado todas las medidas de protección. Hay vigilancia en el interior del socavón y en la superficie”. Una fuerza conjunta sui géneris ha entrado en escena: policías, militares y porteros mineros.

Estos últimos se ubican en el subsuelo y en las afueras de la colina, en tanto que casi un centenar de uniformados “verde olivo” y los 80 soldados del Ejército se encuentran en sus inmediaciones. Los efectivos militares, según cuenta el comandante Ricardo Villafuerte, únicamente tienen la misión de “dar seguridad a los diferentes ambientes de la empresa”, y no están facultados para retener a los jucus. Sólo la institución del orden público y los celadores pueden atraparlos y es ésa la que, en última instancia, los deriva a la justicia ordinaria.

Siendo una fortaleza que parece inexpugnable, ¿cómo es posible que se robe mineral de este sitio? “Lo que pasa —revela Bravo, jefe del Departamento de Seguridad Industrial— es que estos ladrones trabajan junto con algunas personas que supervisan el lugar. Nosotros no podemos entrar en los corazones de unos cuantos que por fuera dicen que nos están ayudando pero por dentro siguen haciendo estas cosas”.

Negocio fallido

Las ganancias totales de los jucus no guardan relación con las pérdidas de la empresa. Es decir, en el mercado “oficial” el estaño se negocia a un precio más alto que el pagado a los ladrones recurrentes del mineral.

Mientras que cada libra cotizada en el mercado internacional cuesta seis dólares y 25 centavos (unos 50 bolivianos), en los mercados de Oruro y Huanuni se paga a los “lobos” 20 bolivianos, es decir, menos del 50 por ciento de la cotización extranjera.

Las empresas intermediarias (que compran ilegalmente a los jucus) son las que en última instancia se benefician con el robo. Por ejemplo, éstas adquieren cien libras de estaño a 13.375 dólares y las revenden por 34.375: tienen una ganancia líquida de 20.625 dólares, sin sufrir ningún riesgo en el interior del Posokoni.

Según la Unidad de Vigilancia del cerro Posokoni, en los últimos meses se han multiplicado las casas de compra de estaño que requieren el trabajo de los “lobos”. Marcos Bravo, del Departamento de Seguridad —con más de dos décadas de experiencia— asegura casi resignado: “Los únicos que perdemos con el negocio somos nosotros”.

El circuito

Nelson Gutiérrez se ha enfrentado con los jucus en más de una oportunidad y ya tiene idea de cómo funciona el asunto. “Nos hemos dado cuenta de que la vigilancia tiene un toqueo con los ‘lobitos’ renegados que entran y salen por Cataricagua”. Traduciendo las palabras del minero: los cuidadores del macizo avisan a los ladrones dónde está el mineral recolectado y luego éstos entran a recogerlo en mochilas; después se lo llevan a Cataricagua, población a unos 10 kilómetros de distancia, más conocida como el “centro de operaciones” de los asaltantes.

Hay una prueba irrefutable al respecto. “Cuando hay cambio del grupo de celadores —cuenta Gutiérrez, quien ha hecho un seguimiento del caso—, en esa media hora es cuando más entran los ‘lobos’. Trabajan hasta el relevo del siguiente conjunto, y en ese tiempo salen con el estaño”. Así, con el enemigo en el mismo socavón y el Ejército haciendo sólo acto de presencia, la oportunidad de evitar el robo de metales está vestida de “verde olivo”. No obstante, las quejas más frecuentes de la Gerencia y los porteros de la mina apuntan al trabajo de la Policía.

Los reportes diarios de estos últimos

—de acuerdo con lo comprobado por Domingo— dan cuenta de la retención por parte de los vigilantes de al menos un jucu por día. El detenido es remitido a la unidad policial, situada a la entrada de la empresa. Ahí suele permanecer ocho horas encerrado, por orden del Código de Procedimiento Penal, y después es exonerado de cualquier culpa. El precio de la libertad es, según lo afirma un ex ‘lobo’, 200 dólares. La revista buscó la contraparte de los oficiales asentados en la firma metalúrgica, pero ellos no tenían órdenes superiores para poder hablar.

En Huanuni, el único que declaró fue el mayor Fernando Villarroel, quien en mayo era novel en el cargo. “Hasta el momento no tengo conocimiento del robo de minerales. Sabemos que hay gente que trabaja en esto, pero en los 10 días que estoy aquí no se ha arrestado a nadie”. El retén que trabaja en el pueblo está conformado por ocho efectivos, en tanto que los involucrados con el yacimiento natural bordean el centenar de personas.

El fiscal de la localidad, Rafael Vargas Villegas, quien lleva tres meses en su oficina, sostiene que una vez a la semana hay algún procesado por este delito. “Tomamos declaraciones en presencia del abogado y lo remitimos al juez cautelar para que se abra un cuaderno de investigaciones para establecer las responsabilidades”.

Con el Código de Procedimiento Penal en la mano, el representante del Ministerio Público indica que “la sanción por el hurto de minerales no pasa de los cuatro años de cárcel, aunque a veces esto se une a otras figuras penales: por ejemplo, cuando el culpable es sorprendido en el interior de la mina, está el allanamiento, lo que empeora la pena por el ingreso en una propiedad estatal”. Pese a lo que dictan las normas, hasta ahora no se conoce de algún jucu cuyo proceso haya llegado a la sentencia final, es decir, encarcelamiento.“Como usted verá —se lamenta el vigilante Marcos Bravo Ríos—, este problema se nos escapa de control, ya no podemos confiar ni en nuestra sombra”.

El nacimiento de los “lobos”

A comienzos del siglo pasado, las vetas del Posokoni pertenecían al consorcio Huanchaca. Después fueron propiedad del magnate Simón I. Patiño, y tras la Revolución Nacional de 1952 y la posterior nacionalización en el rubro retornaron al poder de la Comibol. A mediados de los 90, con el auge de las privatizaciones, fueron gestionadas por la asociación inglesa-india Allied Deals, bajo el modelo de un contrato de riesgo compartido. En 2001 fueron a parar a la Empresa Minera Huanuni RBG, dependiente de una firma liquidadora inglesa, la Grand Thornton. En junio de 2006 volvieron a poder de la estatal minera.

En todo ese tiempo, los “lobos” estuvieron presentes; sin embargo, vivieron su auge en la época de la quebrada Allied Deals. Desde esos años, la montaña fue dividida en dos: la parte de arriba para los cooperativistas, y los socavones inferiores fueron adjudicados a los asalariados. Mientras que los primeros trabajaban por su cuenta, los otros estaban bajo las órdenes de los empresarios.

Pero el detonante que en octubre de 2006 ocasionó el enfrentamiento de ambos sectores fue accionado por los primeros, que decidieron ingresar en el subsuelo. El otro sector, compuesto por 820 personas, se enfrentó con los más de cuatro mil invasores. La guerra por el Posokoni dejó 16 muertos y el Estado decidió incorporar a los cooperativistas a la empresa. Es decir, ahora todos los mineros “legales” son asalariados y explotan todo el cerro y, en especial, la parte subterránea.

No obstante, los mineros cooperativistas que no aceptaron integrarse a la Comibol decidieron trabajar por su cuenta. Hoy, nadie saca de la cabeza de la Gerencia que éstos son los jucus que los están desangrando.

Pese a que en primera instancia se decidió admitir a los ex cooperativistas, algunos se dedicaron a robar mineral y fueron separados de la firma. Sin embargo, hoy existe una suma de pedidos de estos ex trabajadores para retornar a su fuente de trabajo, empero, en todas las oficinas del Posokoni un letrero —sellado por los encargados— advierte de que no hay puestos laborales disponibles.

Vida de jucu

“Los ‘lobos’ andan sucios, tienen la cara llena de barro, sólo se les ve el color blanco de los ojos y su equipo de trabajo es casero”, dice José Luis Calle, quien fue un jucu años atrás. Cuenta que los que fueron cooperativistas “conocen de memoria el ‘hormiguero’ (recovecos del interior de la mina) y ya tienen sus contactos”.

No es un trabajo fácil, “es sumamente peligroso porque estás con la susceptibilidad de que te agarren o que te ocurra algún accidente y no puedes dejar nada a tu esposa o a tus hijos”. En los últimos cinco meses se supo que dos ladrones de mineral fueron hallados sin vida en los túneles del Posokoni, aunque los asalariados apuestan que hay más víctimas anónimas y perdidas en alguno de los innumerables huecos.

No cualquiera puede ser jucu. Este “hombre araña” debe tener la habilidad para bajar pendientes rocosas con unos 80 grados de inclinación usando sólo sus manos, o con las extremidades cubiertas con guantes de lana. Para trepar sobre estos precipicios inclinados —algunos son de hasta 30 metros de profundidad— también emplean sus codos y llevan atada la mochila, que puede pesar entre 30 y 50 kilos cuando está cargada con el apetecido estaño.

El rescate del mineral les lleva entre dos y seis horas, dependiendo de lo complicado del terreno y de la rapidez para burlar a los vigilantes. Un “lobo” trabaja dos o tres veces a la semana. Y siempre hay juqueo porque son innumerables quienes desangran al Posokoni. “Éstos han hecho cientos de huecos por todo el cerro”, ilustra Hugo Miranda, actual presidente de la Comibol.

Pese a que suelen emplear dinamita en sus incursiones, los ingenieros no creen que el cerro se venga abajo. A fin de cuentas, suponen, son ex cooperativistas que conocen el manejo de los explosivos y los sitios donde pueden actuar impunemente.

Además, ser jucu es una labor que hasta el año pasado era una exclusividad de los varones, pero hace un mes los vigilantes atraparon a una joven de 17 años que salía de la mina con una bolsa de 30 kilos de estaño en la espalda. Según cinco cuidadores metalurgistas, últimamente estos personajes se equipan con cuchillos, dinamita y armas de fuego. Y entre estos grupos, los más temidos son los “Cherokees”. Se trata de una pandilla cuyo líder tiene el cabello hasta la cintura y de la que se cuenta que incluso ha atacado a otros “lobos”.

Los miembros de la organización suelen copiar la imagen del jefe, quien se ha convertido en una leyenda sin nombre. Por su apariencia física y sus peleas a puño limpio, o con cuchillos, la organización fue denominada como aquella formación de indios estadounidenses que se enfrentaron con los ingleses y los colonizadores. Por ello, los vecinos de Huanuni aconsejan que cuando alguien vea a un extraño de cabello largo, mejor huya.

El diario vivir del celador

Hernán Choque Huanca tiene miedo de que un día los “lobos” lo maten. Él ha pasado los últimos seis meses “correteándolos” o apretando el timbre de alarma para que un grupo de vigilantes los atrape. Los “lobos” se han cansado de él. Fue amenazado y, por eso, el temor recorre su cuerpo cansado con medio siglo de vida. “Hace unos días nos enfrentamos dentro de la mina y ellos nos han dado una paliza”.

Los amedrentamientos de los ladrones son de cuidar. Hace un tiempo, relata Froilán Choque, éstos agarraron a un minero vigilante y lo golpearon. Después, el asalariado fue ahorcado con una cuerda y soltado cuando lo dieron por muerto... pero éste seguía vivo. Las mujeres no se libran de las amenazas. Una de ellas —quien controla el ingreso y la salida de la mina— fue lastimada por ellos cuando caminaba por las calles de Huanuni.

En los enfrentamientos que ocurren al interior del Posokoni suele suceder que los celadores llevan las de perder y, por eso, los encargados de seguridad les han recomendado que, si están en inferioridad de condiciones numéricas, apaguen de inmediato las linternas de sus guardatojos (cascos que protegen la cabeza de los desprendimientos de rocas en el socavón).

En la entrada principal hay focos ubicados cada cinco metros aproximadamente, en tanto que en las galerías más subterráneas sólo hay iluminación en las casuchas de los trabajadores y, si por algún accidente se quemara la bujía del guardatojo, el sitio queda más oscuro que la negrura que hay al cerrar los ojos en una noche sin luna.

Pero volviendo a las batallas entre ladrones y vigilantes, esto no sólo es cuestión de número. Mientras los “lobos” portan cuchillos y armas de fuego —según los relatos de los cuidadores—, los celadores sólo están munidos de su fortaleza física. En la asistencia médica de la compañía, los partes médicos dan cuenta de los heridos por las peleas. En seis meses, la única víctima mortal entre los trabajadores del Posokoni fue uno que estaba cerca de la “jaula” (una especie de ascensor para cuatro personas que baja desde la superficie hasta 200 metros del subsuelo). El minero quiso evitar la fila para entrar en el cuadrilátero y, mientras daba una vuelta a la celda, fue pillado por este artefacto. El impacto era el mismo que haber sido arrollado por un ascensor en movimiento.

Aparte, los jucus no respetan otras propiedades en la mina. Suelen entrar en las casuchas de los obreros, que están a 80, 160 y 200 metros bajo tierra. Estas viviendas internas son pequeños socavones de unos cinco metros de profundidad por tres de ancho. Una luz anuncia el sitio donde se encuentra cada uno, en los que hay puertas de retazos de madera que tienen como agarrador un mango de un envase plástico vacío de aceite.

Adentro están colgados dos alambres que hacen las veces de percheros y sostienen chamarras y pantalones. En el fondo se encuentran botellas desechables; mientras que las colillas de cigarro son la alfombra sucia de los sitios. La humedad es la reina silenciosa de éstos; “radio” y “televisión” son palabras huecas. No hay espacio para ninguna cama y los dos mineros que habitan el espacio visitado por Domingo pasan las horas de descanso sentados sobre rocas, mascando coca y fumando cigarros.

“Acá es donde pasamos nuestros ratos libres. No hay nada, pero aun así los ‘lobos’ ingresan a robarnos. Varias veces hemos tenido problemas. Nos hacen maldades: cortan las chapas y nos hurtan la ropa que está colgada”, se queja Rubén Inocente Jucra.

Hay más datos para alimentar la bronca de los administrativos. Mario, un obrero que prefiere el anonimato, dice que los jucus y los trabajadores de la empresa se conocen. Es más, algunos de ellos son amigos y entre sí se ayudan para el robo del mineral. Aparte, en Huanuni están convencidos de que la mayoría de estos personajes vienen de las comunidades ubicadas en el norte de Potosí, en especial Llallagua. Ésta es la causa de que la Gerencia no confíe “ni en su sombra”.

A la hora de actuar, los “lobos” han decidido establecer su “cuartel general” en Cataricagua. Pero, para vivir, ellos eligieron Huanuni; es decir, ladrones y vigilantes son vecinos. Estos últimos tienen miedo de las represalias y por eso cuidan sus identidades. Además, no pueden detenerlos porque necesitarían pruebas de sus delitos o al menos pillarlos con las manos en el estaño.

Visualmente es fácil distinguir a los jucus de los mineros asalariados. Los jucus lucen deportivos gastados y cascos semidestrozados, en tanto que los otros tienen un uniforme azul dotado por la Comibol.

Campo de batalla

En los alrededores del Posokoni no existen vestigios de plantas. Sólo hay tierra y piedras en un cielo abierto que suele azotar con ventarrones que hacen tiritar hasta a los mineros más veteranos. La temperatura está bajo cero en las noches. Los vigilantes que andan a la intemperie están con el cigarrillo encendido y una bolsita de coca. En las horas nocturnas, cuando no se divisa la Luna, el cielo es oscuro como boca abierta de muerto. Es cuando se encienden los focos de los guardatojos.

En el campo de batalla hay huecos de unos tres metros cuadrados que hicieron los jucus con dinamita. Estos sitios desencadenan en “rajas” (formación natural como acantilados) que, a su vez, desembocan en el interior de la mina. Allí, la oscuridad es total y sólo sirve la luz del casco, y cuando ésta se apaga sólo sirve tantear el sitio hasta encontrar ayuda.

Cada vigilante tiene botas para combatir el barro que se genera en el suelo. A veces, cuando hay problemas con la bomba de agua, el líquido moja hasta las rodillas, entonces una especie de arena atrapa los pies y hay que hacer un esfuerzo adicional para caminar. Los jucus entran —en general— con zapatos deportivos. El olor a tierra recién mojada acompaña cada resquicio de la oscuridad y se impregna desde la entrada al socavón hasta la salida de la mina...

El amanecer del sábado 19 de mayo llegó con cansancio para Froilán Choque. Cuenta que después de dejar el informe a los superiores dormirá “un poco”. Por la noche debe estar listo para entrar en batalla. “Los jucus entran cada día a la mina, a ver si esta noche sí podemos agarrar a uno”.

El sábado 19 de mayo, unos cien “lobos” entraron en la mina de Huanuni. Cada uno robó hasta 30 kilos de estaño. Se calcula que dejaron una pérdida de 34.375 dólares. El déficit mensual asciende al menos a 900 mil dólares

Fuente. http://www.laprensa.com.bo/noticias/10-06-07/10_06_07_alfi5.php

II

Este trabajo de Roberto Navia ganó el premio Ortega y Gasset 2007 de Periodismo de Investigación y el Fondo Concursable de Periodismo de Investigación de la Fundación UNIR Bolivia. Con una frase contundente para comenzar su entradilla, Navia desentraña un secreto a voces: la vida de los bolivianos en Sao Paulo y Buenos Aires.

Esclavos Made in Japán

Compran ‘bolitas’ a precio de ‘gallina muerta’
Trata. El rentable negocio del tráfico de humanos lleva a los bolivianos a devorarse sin piedad

Texto: Roberto Navia Gabriel

Todo es real. Hay explotación laboral, trata de personas y reducción a servidumbre. Existe retención indebida de documentos, niños trabajando, promiscuidad sexual y tuberculosis. También se registran jornadas de trabajo que duran más de 20 horas, salarios miserables a cambio de un cuartucho, un raquítico plato de comida y, sobre todo, hay muchas máquinas de coser.

Todo ello ocurre a diario y sin frenos en los cientos de talleres de costura clandestinos, camuflados en casas de familia, que operan de lunes a domingo en las ruidosas ciudades de São Paulo y Buenos Aires que aterran a los miles de bolivianos que, sentaditos en las máquinas de coser, están siendo sometidos a un sistema de esclavitud que no es un secreto y que ya no avergüenza a ninguna autoridad, a no ser que uno de los tantos desgraciados muera trágicamente.

Las víctimas son los bolivianos pobres y desempleados que sobreviven en los rincones olvidados del país. Pero también son bolivianos sus verdugos que ejecutan técnicas persuasivas para arrancarlos de sus lugares y llevarlos con engaños a esas tierras lejanas donde, en vez de llamarlos por sus nombres, les dicen ‘los bolitas’, y donde los encierran para que costuren cientas de prendas de vestir, desde las siete de la mañana hasta las dos o tres de la madrugada del día siguiente.

Los consulados que Bolivia tiene en ambas ciudades revelan cifras aterradoras: de más de un millón de inmigrantes bolivianos, muchos viven bajo este régimen en Buenos Aires. Lo mismo sucede en São Paulo, donde hay cerca de 80.000 inmigrantes.

Como es de suponer, esto lo saben las autoridades en Bolivia, pero también lo saben sus pares en Brasil y Argentina, la Iglesia católica y también la Policía. Pero el viaje de tres semanas que hice a São Paulo y a Buenos Aires, no sólo sirvió para escuchar a esas fuentes oficiales, sino, y sobre todo, para meterme en el ‘estómago de la bestia’, es decir, internarme en la vida de esos hombres y mujeres, aquellos morenitos de baja estatura, livianitos de peso y de cabeza gacha, para comprobar y escuchar sus historias y también las historias de los dueños de los talleres y descubrir cómo se origina y cómo crece y se fortalece ese tráfico de ‘carne humana’, cuyo movimiento económico, por ser tan grande, nadie ha podido medir todavía.

La persona que me ayudó a ganar la confianza de los involucrados, de los buenos y de los malos de esa película de terror, fue Charly -su nombre es Marco Antonio Hinojosa (62)- aquel hombre que con el paso de los años dejó de parecerse físicamente a la estrella hollywodense de los 80, Charles Bronson, para ahora asemejarse al presidente brasileño Luis Inácio Lula da Silva.

“Quiero que cuenten todo a este periodista que vino de Bolivia”, les decía con su voz imperativa y ronca a los bolivianos que habían sido rescatados de aquel mundo sin Dios, como ellos lo llaman. A Charly lo respetan porque él les ayuda a tramitar ante el Consulado sus documentos de radicatoria y en detectar y llevar al hospital a los compatriotas que tienen síntomas de desnutrición y de tuberculosis.

Una treintena de testimonios revela que fueron reclutados con engaños en Bolivia a través de anuncios que se emiten por radio, prometiéndoles vivienda y alimentación como la gente, y un sueldo de 300 dólares por trabajar ocho horas diarias. Pero nada de eso ocurre. Cuando llegan a la ciudad les quitan sus documentos y les dicen que no salgan a la calle porque la Policía Federal odia a los inmigrantes y que los llevarán a la cárcel. Les dan la triste noticia de que la paga no será por mes, sino por prendas, entre 0,10 y 0,30 centavos de dólar por cada costura; y les recalcaban que no recibirán ningún sueldo hasta que no terminen de pagar el pasaje que les costearon desde Bolivia.

Al pasar por la casa número 404 de la rua (calle) Cajurú en el barrio Belén de São Paulo, nos saluda temeroso un muchacho de 25 años con traza de costurero, (tiene la misma pinta que los otros compatriotas que entrevisté días y horas antes). Parado detrás de las rejas de fierro de esa vivienda, dice que se llama Ríder Mamani Limachi y que es paceño.

Era cerca de la una de la tarde de un acalorado sábado de junio y el boliviano empezó a quejarse de que no podía salir de esa casa porque su patrón se había llevado la llave, que siempre que se ausenta hace lo mismo porque no quiere que sus empleados salgan y porque desconfía que le vacíen la casa donde funciona el taller de costura. “Sólo si me duele mi muela, le digo que tengo que ir a hacérmela sacar”, comenta resignado.

A Yenny Mendieta (23) la encontramos refugiada en la Pastoral del Migrante de la rua do Glicério 225. Vomitó una historia que dice que necesita olvidar. Ella salió embarazada de La Paz hace un año y medio hacia São Paulo con el nombre de Zulma y su marido Limberg Nogales (24) como Teodoro. De los apellidos ya ni se acuerdan porque dicen que eran raros.

A finales de 2004 fueron tentados por un anuncio radiofónico, que escucharon en la ciudad de El Alto, para viajar a Brasil como costureros. Se contactaron con un tal Eduardo, que les prometió una vida con mucho futuro. "Empezaron a suceder cosas raras desde un comienzo", recuerda Yenny Mendieta. La mujer se refiere a los carnés que le entregó Eduardo a ella y a su marido, los que en realidad pertenecían a otras personas. Los nombres eran ajenos y también las fotos. "Pero esa gente extraña se parecía a nosotros", afirma con una voz que a cada minuto baja de volumen.

Recuerda que el primer día de trabajo fue tal como habían convenido en Bolivia, pero después les exigían que se queden hasta la una de la madrugada y luego hasta las dos. Después resultó que no les darían sueldo hasta que paguen los 180 dólares que habían gastado en los pasajes de cada uno, pero nunca terminaban de cubrir esa deuda.

En realidad, aclara, que solamente salió una vez de esa casa cuya dirección nunca pudo memorizar, horas antes de que su bebé pataleara para salir de su vientre. La llevaron caminando y escoltada por dos hombres a un hospital que quedaba a seis cuadras del taller. Dio a luz un viernes, a su hijo lo llamó Ayrton (igual que al corredor de Fórmula 1 de apellido Senna); el sábado volvió a su centro de reclusión, descansó el domingo y el lunes ya estaba de nuevo sentada al lado de su máquina de costura.

"El tal Eduardo me reñía cuando me levantaba para dar de chupar a mi bebé, es por eso que lo crié con mamadera, porque el patrón dijo que prefería darme un vale de 20 reales para la leche. Él mismo iba a comprarla porque yo tenía prohibida la salida”, rememora.

Cuando terminaron de pagar la ‘deuda’, el marido de Mendieta logró que le den permiso para salir un sábado en la tarde. Se encontró con otros bolivianos y visitó sus casas y en una de ellas escuchó a través de una radioemisora conducida por bolivianos que aconsejaban que no tengan miedo a la Policía y que podían caminar por las calles de São Paulo. "Fue como despertar. Nos dimos cuenta que habíamos estado encerrados 10 meses", dice Mendieta y muestra una sonrisa que la tenía archivada desde que salió de Bolivia, escapando del desempleo, pero que, como sucede con miles de bolivianos, afirma que se encontró con una vida de perros.

Ellos agachan el lomo y otros disfrutan los billetes

Los bolivianos son los que hacen el gasto físico y sus patrones y los patrones de éstos -que en muchos casos son ciudadanos coreanos- son los que se llevan las ganancias. La cadena de explotación es la siguiente, según una veintena de testimonios entre autoridades consulares y de Derechos Humanos: un costurero gana entre 10 y 30 centavos de dólar por cada prenda, el dueño del taller recibe cerca de $us 2 del propietario de la mercadería, que es el que le encarga que le costure miles de prendas y éste las vende a los mercados en por lo menos $us 20.

La cooperativa La Alameda y la Unión de Trabajadores Costureros de Buenos Aires, revelaron que fabricantes de primer nivel se valen de este sistema de explotación para obtener fabulosas ganancias a costa de la servidumbre de los costureros y sus familias.

Fuente: http://www.eldeber.com.bo/esclavos/esclavos1.html